jueves, 4 de octubre de 2012

La ciencia del ser humano (1)


8 - LA CIENCIA DEL SER HUMANO (1)

Secretos de la oración y de la sanación

En el siglo IV, nuestra relación con las fuerzas sutiles del mundo que nos rodea, así como con las que están en nuestro interior, empezaron a cambiar. Cuando las palabras que confirmaban estas relaciones fueron eliminadas de los textos donde se habían conservado, empezamos a vemos como observadores, a contemplar pasivamente las maravillas de la naturaleza y el funcionamiento de nuestro cuerpo. Las tradiciones como las de los esenios y los amerindios sugieren que nuestra relación con el mundo trasciende el papel del observador, recordándonos que formamos parte de todo lo que vemos. En un mundo con semejante interconexión es imposible observar pasivamente cómo cae una hoja de un árbol o corre una hormiga por el suelo. El propio acto de observar nos coloca en el papel de participantes.

El físico Niels Bohr formuló, a finales de la década de 1920, una teoría que insinuaba esta relación, y describió una visión similar en términos modernos. Se había observado que, en el plano atómico, la materia a veces se comportaba de forma extraña, en contradicción con la teoría aceptada. En forma simplificada, la teoría de Bohr, conocida como la Visión de Copenhague, postulaba que el observador de cualquier acontecimiento pasa a formar parte del mismo tan sólo por el acto de observar.

En el diminuto mundo de los átomos, la observación adquiere mayor importancia cuando «los objetos del tamaño del átomo son perturbados por cualquier intento de observarlos».' Según esta línea de pensamiento, es evidente que la ciencia moderna está buscando un lenguaje para describir la relación de unidad que los esenios utilizaron como base en sus oraciones.

Vernos como independientes del mundo que nos rodea ha precipitado un sentido de separación, una actitud de «aquí dentro» frente a un «allá fuera». Desde nuestra infancia, empezamos a creer que el mundo «sencillamente sucede». Algunas veces ocurren cosas buenas, otras no tanto. Parece que el mundo suceda a nuestro alrededor, en ocasiones sin razón aparente.

Al prepararnos para los imponderables de la vida, pasamos gran parte de nuestro tiempo ideando estrategias para sobrevivir e ir sorteando los retos que se interponen en nuestro camino. Las nuevas investigaciones sobre la relación entre el poder de nuestros sentimientos y la química de nuestros cuerpos nos hacen pensar que las implicaciones de ese punto de vista de «nosotros» y «ellos» tienen un alcance mucho mayor, y a veces, inesperado.

Por ejemplo, la ciencia ha demostrado que sentimientos específicos producen una química previsible en el cuerpo que corresponde a ese sentimiento en particular. A medida que cambiamos nuestros sentimientos, cambiamos nuestra química. Literalmente tenemos lo que puede contemplarse como «química del odio», «química de la ira», «química del amor» y así sucesivamente. Las expresiones biológicas de la emoción se manifiestan en el cuerpo como los niveles hormonales, de anticuerpos y enzimas que están presentes en nuestro estado de bienestar.

La química del amor, por ejemplo, afirma la vida reforzando el sistema inmunitario y las funciones reguladoras de nuestro cuerpo. A la inversa, la ira, que a veces dirigimos hacia dentro en forma de culpa, puede manifestarse como una respuesta de inmunodeficiencia.

En el verano de 1995, Glen Rein, Mike Atkinson y Rollin McCraty publicaron un ensayo en el Journal of Advancement in Medicine. Con el título de «The Physiological y Psychological Effects of Compassion and Anger», se centraba en el estudio de la inmunoglobulina A salival (S-IgA), un anticuerpo que se encuentra en la mucosidad de los tractos respiratorios superiores, gastrointestinales y urinarios, y que los defiende de las infecciones. En esencia, el ensayo decía que,

«Los niveles altos de S-IgA se asocian con un descenso de la incidencia de enfermedades infecciosas en las vías respiratorias superiores».

El resumen final del ensayo concluía diciendo que «la ira producía un significativo aumento en el nivel general de trastorno de los estados de ánimo y del ritmo cardíaco, pero no en los niveles de S-IgA. Por otra parte, las emociones positivas, producían un significativo aumento en los niveles de S-IgA. Al examinar los efectos en un periodo de seis horas, observamos que la ira, por el contrario, producía una significativa inhibición del S-IgA desde la primera hora hasta cinco horas después de la experiencia emocional 3. Otros estudios señalan las cualidades específicas de las emociones como un poderoso factor en la hipertensión, la insuficiencia cardiaca congestiva y la insuficiencia de las arterias coronarias.

Vivir como si el mundo «exterior» fuera algo separado de nosotros abre la puerta a un sistema de creencias de juicio y a las expresiones químicas de esos juicios en nuestro cuerpo. Por ende, tendemos a ver nuestro mundo en forma de «buenos gérmenes» y «malos gérmenes», y usamos palabras como «toxinas» y «desechos» para describir los subproductos de las propias funciones que nos dan la vida. Es en este mundo donde nuestros cuerpos se pueden convertir en una zona de conflicto para las fuerzas que están en oposición entre ellas, creando campos de batalla biológicos que se manifiestan como enfermedades.

La perspectiva holista de los esenios, por otra parte, ve todas las facetas de nuestros cuerpos como elementos de una fuerza sagrada y divina que se mueve a través de la creación. Cada una es una expresión de Dios. En un mundo donde todo lo que sabemos y experimentamos surge de una sola fuente, bacterias, gérmenes y los subproductos de nuestro cuerpo trabajan juntos para dotar a nuestro cuerpo de fuerza y vida. Esta visión nos invita a redefinir las lágrimas, el sudor, la sangre y los productos de la digestión que denominamos «desechos», como elementos sagrados de la tierra que están a nuestro servicio, en lugar de considerarlos subproductos aborrecibles que se han de eliminar, desechar y destruir.

¿POR QUÉ ORAR?

La voz procedía de algún lugar del fondo de la habitación. Mis ojos se dirigieron hacia la izquierda, buscando en todas las filas para localizar de dónde había surgido la pregunta. Desde el escenario al final del salón de baile, miré a los participantes del seminario de tres días. Siempre he considerado un honor y un signo de confianza la oportunidad de hablar en público. Un aspecto importante para honrar a todos los públicos es responder a las preguntas que siempre surgen después de haber tratado cualquier tema importante. Miré las caras que se centraban en mí.

Una deslumbrante hilera de luces iluminaba las primeras filas desde el techo. Cuando miré al fondo de la sala, cada fila iba quedando más en la penumbra, hasta fundirse en una oscuridad que llegaba hasta las paredes que no podía ver. El único signo visible a través de la sala era el verde resplandor de las señales de salida que estaban encima de las puertas.

-¿Quién ha hecho la pregunta?

Dirigido por los gestos que hacían los participantes señalando hacia la izquierda, salí del escenario y caminé por el pasillo con la esperanza de entablar contacto visual con la persona. Un asistente de sala que llevaba un micrófono se reunió conmigo en el pasillo a la altura de la fila hacia donde señalaban los dedos.

-Estoy aquí -exclamó una frágil voz.

-Bien -dije yo-. Ahora puedo verte. ¿Cómo te llamas?

-Evelyn -susurró tímidamente por el micrófono la vocecita-. Me llamo Evelyn.
-Evelyn, ¿podrías repetir la pregunta, por favor? -le pedí.

-Por supuesto -respondió ella-.

Simplemente preguntaba «por qué rezar». ¿Qué hay de bueno en eso, realmente?

Escuché la pregunta que planteaba Evelyn. Percibía una inocencia subyacente a la pregunta, mientras mi mente escuchaba las palabras. En mis círculos de amistades y en mis conversaciones, el papel de la oración y su importancia eran temas habituales. En las conferencias a larga distancia y en las vigilias a nivel mundial coordinadas por Internet, hablábamos de las aplicaciones, de los orígenes y de las técnicas de la oración. Con frecuencia nuestras conversaciones iban dirigidas a aspectos específicos de acontecimientos globales que tenían lugar en ese momento. Sin embargo, que yo recuerde nunca habíamos hablado del propósito de la oración. En realidad, no. Evelyn estaba haciendo bien su trabajo. Al hacer su pregunta, me estaba invitando a que respondiera desde lo más profundo de mi ser a una cuestión que nunca me habían planteado.

Era uno de esos momentos que tienen lugar muy pocas veces. De algún modo su pregunta se abría camino entre los centinelas de la lógica y del razonamiento, para abordar la realidad del momento. No tenía muy claro lo que iba a decir. Abrí la boca para responder a la pregunta de Evelyn, con confianza absoluta en el proceso que se estaba desarrollando entre nosotros. Una a una, las palabras fueron saliendo de mi boca, en el preciso instante en que se iban formando. Aunque no estaba especialmente sorprendido, sentía admiración por el proceso, por la facilidad con la que fluía cada palabra y por lo conciso de mi respuesta.

-La oración -empecé- es para nosotros como el agua para una semilla.

¡Eso fue todo! Mi respuesta era completa. El silencio inundó la habitación. Los participantes y yo hicimos una pausa para reflexionar sobre el poder de esas once palabras. Pensé en lo que había dicho. La semilla de una planta es completa en sí misma. Bajo las circunstancias apropiadas, la semilla puede conservarse durante siglos de ese modo, con una rígida capa que la protege de otras posibilidades. Sólo con el agua, la semilla alcanzará su mayor expresión de vida.

Nosotros somos como semillas. Venimos a este mundo completos, con la semilla de poder ser algo aún más grande. Nuestro tiempo en común, en presencia de los cambios de la vida, despierta en nuestro interior las posibilidades superiores del amor y la compasión. Con la oración florecemos para completar nuestro potencial.

Evelyn esbozó una sonrisa en su rostro. Sentí que ella ya conocía la respuesta que tan hábilmente me había sonsacado. Era como si supiera que los demás participantes se iban a beneficiar de escuchar las palabras que, aparentemente, yo no habría dicho ese día. A principios del siglo XX, el profeta y poeta Kahlil Gibran afirmó que el trabajo que hacemos en la vida es nuestro amor hecho visible. Con su valor para ponerse en pie en una sala con varios cientos de personas, la mayoría desconocidas para ella y hablar tímidamente por el micro, Evelyn me sacó una respuesta que fue útil para todos en aquel momento. Desde ese día, esa misma respuesta me ha servido para muchas otras personas en otras ciudades. Evelyn y yo hicimos bien nuestro trabajo en común, nuestro amor hecho visible.

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

Recuerdo que cuando era niño había rezado mucho. Repetía mis oraciones tal como me las habían enseñado, a la hora de comer, de dormir, durante las vacaciones y en ocasiones especiales. Durante esos momentos de oración daba gracias por las cosas buenas de mi vida y pedía reverentemente a Dios que cambiara las situaciones que me herían o que causaban sufrimiento a los demás. Con frecuencia mis oraciones eran para los animales.

Siempre me había sentido especialmente cerca del reino animal, y me tomaba la libertad de compartir nuestro hogar con los animales salvajes que encontraba en los bosques de los alrededores de nuestra casa al norte de Missouri. Al no dejármelos tener dentro, mis amigos animales solían competir por el espacio en la furgoneta de la familia que teníamos en nuestro pequeño garaje. En cualquier momento, podía haber una representación de casi todo tipo de animal en la reserva del garaje, una parte de nuestra casa que mi madre llegó a llamar el «zoo».

Recuerdo sentir que nuestro hogar era una especie de refugio, un techo para los residentes hasta que estos pudieran volar, correr, nadar o regresar a su entorno natural. A veces los animales estaban enfermos o heridos. Los encontraba en el bosque abandonados con los huesos rotos, el pico destrozado o sin alguna extremidad, teniéndose que valer por sí mismos. Al mirar atrás, ahora me doy cuenta de que algunos de mis huéspedes sencillamente eran demasiado torpes para escapar de mi bienintencionado «rescate».

Al vivir en hábitats hechos a medida -recipientes individuales, jarras de cristal y bañeras adaptadas-, cada animal tenía su propia etiqueta, en la que identificaba meticulosamente la especie, el lugar donde lo había encontrado y sus alimentos favoritos. Al tratar de comprender por qué algunos animales eran abandonados por los de su propia especie, amigos y parientes, recordaba que esa era la «ley de la naturaleza». Recuerdo que pensaba:

«¿Y si ayudara un poco a las leyes de la naturaleza? ¿Y si lo único que necesitan estos animales es estar unos cuantos días en un lugar seguro y bien alimentados para curarse de sus heridas?».

Mi razonamiento era que, tras un breve período de recuperación, los animales podrían regresar a su vida salvaje para afrontar cualquier cosa que la vida les reservase. Si vivían un día o muchos más, me traía sin cuidado. Lo que me importaba era que el animal dejara de sufrir. Incluso aunque ese animal se convirtiera en la comida de otro al día siguiente, mientras tanto estaría fuerte, sano y sin dolor.

Rezaba por los animales cada noche. Unas veces mis oraciones funcionaban, otras no. Nunca comprendí por qué. Si Dios estaba en todas partes, escuchando, ¿por que dudaba en responder? Si podía escuchar todas mis plegarias y responder a algunas de ellas algunas veces, ¿por qué no hacía lo mismo en otro momento con otro animal? No comprendía esa incoherencia.

A medida que me fui haciendo mayor seguí rezando. Aunque pensaba que ya lo hacía como un adulto, los temas de mis oraciones en realidad no habían cambiado. Todavía hablaba con «los poderes que son» en nombre de los animales de mi vida. Tanto para aquellos que corrían libremente como para aquellos que yacían aplastados al borde de la carretera, pedía bendiciones para que tuvieran viajes seguros y paz en su otra vida.

Aunque siempre había rezado también por las personas, durante esta época mis oraciones por los demás se extendieron más allá del círculo de mis parientes y amigos. Además de rezar por mi familia, amigos y seres queridos, también dirigía mis oraciones a personas a las que no conocía. Las conocía sólo como rostros anónimos que aparecían en la pantalla del televisor en blanco y negro que teníamos en la sala de estar, o que me miraban desde las páginas de las revistas Look y Life. Cuando rezaba por la vida de los animales y de las personas, también lo hacía para remediar la causa de su sufrimiento en este mundo.

Al final, mis sentimientos sobre la oración empezaron a cambiar. Concretamente, fueron los sentimientos que tenía mientras oraba los que cambiaron. Tenía la sensación de que faltaba algo. Aunque el sagrado momento era reconfortante hasta cierto punto, siempre sentía que tenía que haber algo más. Con frecuencia notaba una sensación de reproche en mi interior, un antiguo sentimiento de que la oración que acababa de repetir en ese momento era sólo el principio de algo más grande. Sentía que había un momento en que las personas nos acercábamos entre nosotras, y que también estábamos más próximas a las fuerzas invisibles de nuestro mundo. Al no haber religión ni ritual, intuía que la oración en sí misma era la clave de esa proximidad. Sabía que en alguna parte, entre las neblinas de nuestra antigua memoria colectiva, debía haber algo más respecto al lenguaje silencioso que nos permite entrar en comunión con las fuerzas sutiles de este mundo y del más allá.

A principios de los noventa, tuve el primer indicio de por qué sentía que mis oraciones eran incompletas. La pista se presentó un día inesperadamente; mientras hojeaba una copia de un texto antiguo que me había dado un amigo. Lo que distinguía a este documento de obras similares era que el traductor había recurrido al lenguaje original de los autores para sus referencias, en lugar de utilizar las palabras de otros eruditos, posiblemente distorsionadas con el tiempo. Allí, en las nuevas traducciones de los manuscritos arameos originales, se encontraban los detalles de cómo unir los tres componentes de la oración en una fuerza poderosa que guiara nuestras vidas.

El texto que mi amigo me había dejado era una recopilación de un conocido erudito sobre estudios del mundo antiguo, Edmond Bordeaux Szekely, el nieto de Alexandre Szekely, que había recopilado la primera gramática tibetana hacía más de 150 años. Las traducciones de Szekely hechas a partir de la versión aramea original de los Evangelios, ilustraban el rico lenguaje de las oraciones e historias narradas por Jesús y sus discípulos. Todavía me maravillo de la claridad que tales traducciones continúan proporcionando sobre las enseñanzas y la ciencia de la oración. Si se revisa este trabajo desde la perspectiva de la física cuántica, vemos sutilezas que se han perdido en otras traducciones hechas posteriormente.

Según la visión de los autores arameos, por ejemplo, la forma en que se desarrollan en nuestra vida una serie de acontecimientos es sólo una cuestión de enfoque. Tanto si pensamos en la historia global como en nuestra sanación personal, los antiguos eruditos nos recuerdan que todas las posibilidades ya han sido creadas y que están presentes. En lugar de forzar soluciones para las cosas que nos suceden en la vida, se nos invita a elegir con qué posibilidad identificarnos y vivir como si ya hubiera sucedido.

Esto no quiere decir que impongamos nuestra «voluntad» sobre los demás en la forma de la oración. Lo que proporciona la sutil diferencia es más bien nuestra predisposición a aceptar cualquier posibilidad sin prejuzgarla, conscientes de que podemos atraer o repeler cualquiera de ellas mediante las elecciones que hacemos en nuestra vida. Elegir un resultado a través de la oración no garantiza que este sucederá; nuestra oración sencillamente invita a esa posibilidad. Ahora la pregunta es: ¿cómo podemos atraer resultados concretos a nuestro presente mediante la oración?

CUANDO TRES SE CONVIERTE EN UNO

Por sus escritos sabemos que los antiguos esenios creían que nos comunicábamos con nuestro mundo a través de nuestras percepciones y sentidos. Cada pensamiento, sentimiento, emoción, respiración, nutriente, movimiento o la combinación de cualquiera de ellos, era considerado como una expresión de la oración. Según la visión de los esenios, según sentimos, percibimos y nos expresamos durante el día, estamos orando constantemente.

Mediante el don de la poesía y las metáforas de su tiempo, los textos esenios nos recuerdan que nuestro cuerpo, corazón (sentimientos) y mente trabajan juntos, casi de la misma manera que un carro, el caballo y el conductor.' Aunque considerados de forma independiente, los tres trabajan mano a mano para proporcionarnos nuestras experiencias en la vida. En esta analogía, el carro es nuestro cuerpo y el conductor nuestra mente. El caballo representa los sentimientos de nuestro corazón, el poder que conduce al caballo y al conductor por la senda de la vida. Gracias a la fuerza de nuestro cuerpo físico, la experiencia de la sabiduría de nuestro corazón y la pureza de nuestras intenciones son las que determinan la cualidad que dominará en nuestra vida.

Si la oración es en realidad el lenguaje olvidado a través del cual escogemos las posibilidades y los resultados que queremos conseguir en nuestra vida, en un sentido muy real cada momento de nuestra existencia puede ser considerado como una oración. En cada instante de nuestro estado de vigilia o de sueño, si estamos pensando, sintiendo y teniendo emociones, estamos contribuyendo a las situaciones que se producen en el mundo. La clave es que unas veces nuestras contribuciones son directas e intencionadas, mientras que otras podemos estar participando indirectamente, sin ni siquiera ser conscientes de nuestra contribución.

Este último tipo de experiencia puede ser el que describan las personas que sienten que la vida «les sucede». Las personas que tienen esta experiencia suelen sentir que son «espectadores» que simplemente observan los procesos de la vida que tienen lugar a su alrededor entre sus amigos, familiares y seres queridos, incluso en la propia Tierra. Los sentimientos de esta experiencia varían desde la admiración y asombro por el nacimiento de un bebé hasta una sensación de impotencia ante la trágica pérdida de las vidas humanas en tiempos de guerra o por desastres naturales. La crisis de Kosovo de 1999, o la indignación por la matanza en una escuela pública, son ejemplos de tales momentos de impotencia.

Los textos recientemente traducidos, algunos de los cuales tienen más de dos mil años, nos ofrecen otra forma de participar activamente para «hacer algo» durante este tipo de situaciones de la vida. Al reconocer la eficacia del poder silencioso de la oración, los antepasados describen un método de oración conocido en la actualidad como oración activa. Cuando estos componentes de la oración se fusionan en uno solo, se nos presenta un puente para comunicarnos con el lenguaje de la creación. Gracias a este puente podemos elegir el resultado de una situación entre una serie de posibilidades.

Quinientos años antes del nacimiento de Jesús, los maestros esenios nos invitaron a concentrar el poder de los elementos individuales de la oración -pensamiento, sentimiento y emoción, que experimentamos como mente, corazón y cuerpo- en un solo resultado. La clave del dominio de esta técnica se encuentra en un solo pasaje:

«Siete son los senderos que cruzan el Huerto Infinito, y cada uno deberá transitarse con el cuerpo, el corazón y la mente como uno...».5

Es esta fuerza unificada del lenguaje celestial, que se manifiesta en nuestro cuerpo, la que llena de vida nuestras oraciones y nos asegura que «cualquiera que dijere a este monte: quítate de ahí y échate al mar, no vacilando en su corazón, sino creyendo que cuanto dijere se ha de hacer, así se hará» (Mc 11,23).

Piensa en los efectos de la oración con la ayuda de un sencillo modelo. Hace más de cincuenta años, en 1947, el doctor Hans Jenny desarrolló una nueva ciencia para investigar la relación entre la vibración y la forma.' Mediante estudios bien documentados, el doctor Jenny demostró que la vibración producía geometría. Es decir, al crear una vibración en un material que podemos ver, la forma de la vibración se hace visible en ese medio. Cuando cambiamos la vibración, cambiamos la forma. Cuando regresamos a la vibración inicial, vuelve a aparecer la forma inicial. A través de una serie de experimentos realizados con distintas substancias, el doctor Jenny produjo una sorprendente variedad de dibujos geométricos, desde algunos muy complejos hasta otros muy simples, en materiales como agua; aceite, grafito y azufre en polvo. Cada dibujo era sencillamente la forma visible de una fuerza invisible.

La importancia de estos experimentos es que con ellos el doctor Jenny probó, sin lugar a duda, que la vibración crea una forma previsible en la substancia en la que es proyectada. Pensamiento, sentimiento y emoción son vibraciones. Al igual que las vibraciones en los experimentos del doctor Jenny, las vibraciones del pensamiento, del sentimiento y de la emoción crean un trastorno sobre la materia en la que son proyectados. En lugar de agua, azufre y grafito, proyectamos nuestras vibraciones sobre la refinada substancia de la conciencia. Cada una tiene un efecto.

En el capítulo vii hablamos de que la ciencia nos insinúa que nuestro futuro puede que ya exista en forma latente en el caldo de la creación como una de entre muchas «posibilidades». A medida que cada día elegimos cosas nuevas en nuestra vida, vamos despertando otras posibilidades y ajustamos el resultado final. Esta visión implica que cada vez que pedimos algo en la oración, existe la posibilidad de que nuestra petición ya esté en curso.

Si esta visión del mundo es correcta, entonces en el zoo del garaje de mi infancia, por ejemplo, cada pico roto, miembro sesgado y hueso fracturado era uno de los posibles resultados para ese momento. En ese mismo instante, también existía otra situación en que cada uno de esos animales a mi cargo ya estaba sanado. Las dos situaciones ya existían. Cada posibilidad era real.

La clave para elegir un resultado entre los muchos posibles reside en nuestra habilidad para sentir que nuestra elección ya está sucediendo. Vista la anterior definición de la oración de otro modo, como «sentimiento», se nos invita a hallar la cualidad del pensamiento y de la emoción que produce ese sentimiento: vivir como si el fruto de nuestra plegaria ya estuviera en camino.

Sentimiento-Emoción-Pensamiento
Figura 1.

Pensamiento, sentimiento y emoción como patrones no alineados.

Al no haber unión, pueden perder su enfoque.

¿Como podemos beneficiamos del efecto de nuestro pensamiento y emoción, Si cada patrón se mueve en una dirección distinta?

Si, por otra parte, los patrones de nuestra oración se centran en la unión,

¿Cómo puede el «material» de la creación no responder a nuestra plegaria?

Cuando pensamiento, sentimiento y emoción no están alineados, cada uno puede ser considerado como una fase distinta de la otra. Aunque existan pequeñas zonas comunes, la mayor parte del patrón no está centrado, y trabaja en direcciones distintas, independiente del resto. El resultado es una dispersión de la energía.

Por ejemplo, si pensamos: «Elijo a la pareja perfecta de mi vida», se libera un patrón de energía que expresa ese pensamiento. Cualquier sentimiento o emoción que no esté sincronizado con nuestro pensamiento no podrá infundir fuerza a nuestra elección de encontrar una pareja perfecta. Si nuestros patrones no están alineados debido a sentimientos de que no somos merecedores de tener una pareja así de perfecta o por emociones de miedo, estos pueden truncar que se materialice nuestra elección. En este estado no alineado puede que nos encontremos preguntándonos por qué nuestras afirmaciones y oraciones no han funcionado.

Pensamiento
Figura 2.

El pensamiento no está alineado con el sentimiento y la emoción.

Esta situación puede hacer que nuestra oración se disperse y no surta efecto.

Mediante estos sencillos ejemplos, vemos claramente por qué la oración puede aportar el mayor de los cambios cuando sus elementos están centrados y alineados entre sí.

Sin usar la palabra oración, y sin duda de un modo menos técnico, la idea de unificar el pensamiento, la emoción, el sentimiento y vivir desde el lugar del deseo que se aloja en nuestro corazón ya fue presentada a principios del siglo XX, pero con un lenguaje muy distinto. El trabajo de Neville, que afirma el quinto modo de oración y da por hecho que nuestra plegaria ya se está produciendo, nos lo expone de este modo:

«Te has de abandonar mentalmente a tu deseo que se ha cumplido gracias a tu amor por ese estado, y al hacerlo, vive en el nuevo estado y abandona el antiguo».'

Las descripciones de Neville sobre nuestra habilidad para cambiar los resultados y escoger posibilidades nuevas en la vida, aunque eficaces puede que no tuvieran mucho sentido para las personas de principios del siglo XX. Al igual que ha sucedido con muchos pensadores cuyas ideas se adelantaban a su tiempo, poco se supo de la obra de Neville hasta después de su muerte en 1972.

Visiones como esta nos permiten contemplar la oración como un lenguaje y una filosofía que une el mundo de la ciencia y del espíritu. Al igual que otras filosofías utilizan modos de expresión únicos y vocabularios especializados, la oración tiene un vocabulario propio en el lenguaje silencioso del sentimiento. A veces una idea que tiene sentido para nosotros en un lenguaje, en otro con el que no estemos familiarizados tiene muy poco. Sin embargo, el lenguaje existe.

La filosofía de la paz, por ejemplo, se puede expresar a través de lenguajes tan diversos como el de la física o el de la política, así como el de la oración.

Figura 3.

«...Cualquiera que dijere a este monte: quítate de ahí y échate al mar, No vacilando en su corazón sino creyendo que cuanto dijere se ha de hacer, así se hará» (Marcos 11,23).

La clave para que la oración sea eficaz es la unión del pensamiento, del sentimiento y de la emoción.

Por ejemplo, la paz suprema según la física puede ser descrita como la ausencia de movimiento en un sistema. En ese lenguaje, cuando la frecuencia, la velocidad y la longitud de onda llegan a cero, el sistema está en reposo y tenemos paz. En la política, la paz se puede interpretar como el fin de la agresión o la ausencia de guerra. Nuestras oraciones pueden ser pensadas del mismo modo.

Mediante el lenguaje de la oración, la paz puede ser descrita en forma de ecuación, como lo que acerca la oración a nuestra ciencia en la que muchos se han atrevido a creer. En lugar de ecuaciones de números y variables, la lógica, el sentimiento y la emoción se convierten en los componentes de la ecuación de la oración. Con la forma de una prueba matemática estándar -si esto y esto es así, entonces presenciamos tal y tal resultado-, la ecuación de la oración activa se puede contemplar del siguiente modo:

Si,

Pensamiento = emoción = sentimiento

Entonces,

El mundo refleja el efecto de nuestra oración.

Con esta unión las fuerzas de nuestra tecnología interior se pueden concentrar y aplicar en el mundo exterior. Cuando alineamos los componentes de la oración, estamos hablando el lenguaje silencioso de la creación: el lenguaje que mueve el monte, acaba con las guerras y disuelve los tumores.

La belleza de la oración radica en que no es necesario saber exactamente cómo funciona para beneficiamos de sus milagrosos efectos. En esta tecnología universal, sencillamente se nos invita a experimentar, sentir y reconocer lo que nuestros sentimientos nos están comunicando. Nuestras oraciones cobran vida cuando enfocamos el sentimiento de anhelo que reside en nuestro corazón, en lugar de enfocar el pensamiento que gobierna el mundo de la razón.

martes, 7 de agosto de 2012

7. El lenguaje de Dios (Continuación)

7. El lenguaje de Dios (Continuación)
¿CÓMO ORAMOS?

Tras el ejercicio de afirmaciones y oración, pregunté a los participantes si sentían que sus oraciones en el pasado habían tenido respuesta. Al principio hubo silencio, dudaban en responder. Poco a poco la gente empezó a levantar la mano para decir «no» o «sólo a veces»

Estas personas me estaban diciendo que para las categorías de la oración concernientes al dinero, trabajo, relaciones y maestros, muchos sentían que sus ruegos no habían sido escuchados.

Mi siguiente pregunta fue: «¿Por qué?». ¿Adónde recurrimos para comprender la sofisticada tecnología de la oración y cómo la aplicamos a nuestras vidas? Los investigadores de la oración, por razones de estudio, dividen las múltiples aplicaciones y métodos de oración utilizados en Occidente en grandes categorías. Por ejemplo, Margaret Paloma, profesora de sociología en la Universidad de Akron (Ohio), identifica cuatro clases o modos, que describo a continuación.

Oración coloquial

Nos comunicamos con Dios con nuestras propias palabras, describiendo informalmente nuestros problemas o dando las gracias por las bendiciones que recibimos en nuestras vidas: «Amado Dios, por favor, permite por esta vez que mi coche llegue a la gasolinera que está en la próxima salida de la autopista, te prometo que nunca volveré a dejar que se me acabe la gasolina».

Oración de petición

En este tipo de oración pedimos nuestro bien a las fuerzas creativas de nuestro mundo para obtener cosas o resultados específicos. La oración de petición puede ser formal o con nuestras propias palabras: «Poderosa presencia "Yo soy", reclamo mi derecho a sanar».

Oración ritualista

Aquí repetimos una secuencia determinada de palabras, quizás en ocasiones especiales o en momentos concretos. Las oraciones antes de irse a dormir como el «Con Dios me acuesto...», o el «Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar... » Antes de las comidas, son ejemplos por todos conocidos.

Oración meditativa

Una oración meditativa es la que trasciende las palabras. En meditación estamos en silencio, quietos, abiertos y conscientes de la presencia de las fuerzas creativas dentro de nuestros mundos y nuestros cuerpos. En nuestra quietud, dejamos que la creación se exprese a través de nosotros en ese momento.

Para muchas personas, la práctica de la meditación va más allá de la oración. En el sentido más estricto de la palabra, si la meditación implica un pensamiento, un sentimiento y una emoción, puede ser definida como meditación y oración.

Los cuatro modos descritos, utilizados individualmente o combinados, constituyen el grueso de las modalidades de oración que se emplean en Occidente.

En mi experiencia de las tradiciones indígenas o esotéricas, siempre ha habido referencias a un modo de oración que nunca ha parecido encajar en ninguna de estas categorías. Los viajes a algunos de los lugares más sagrados de la Tierra me han revelado un modo de oración que está reservado para los iniciados y los estudiantes serios de temas espirituales. Las paredes de los templos de Egipto, las costumbres de los amerindios del Norte y los curanderos de las montañas de Perú me han enseñado una forma de oración que no parece ser conocida en las tradiciones occidentales.

¿Es posible que exista un quinto modo que nos permita fusionar nuestros pensamientos, sentimientos y emociones en una única y potente fuerza de creación? Además, ¿es esta la fuerza que abre directamente la puerta a los procesos de sanación en nuestro cuerpo y en el mundo? Tanto los textos antiguos como los estudios modernos nos dan a entender que así es.

Los ejemplos del cáncer curado, de la desaparición de la herida del cuello, la compresión del tiempo en el desierto del Sinaí y la misteriosa contraorden del bombardeo de Iraq nos ofrecen pistas sobre el secreto que envuelve a nuestro olvidado método de oración. Gracias a nuestra nueva comprensión del tiempo y de los puntos de elección, la física cuántica considera la posibilidad de cada uno de estos aparentes milagros como productos que ya existen.

El secreto de nuestro olvidado método de oración es cambiar nuestra visión de la vida sintiendo que el «milagro» ya se ha producido y que nuestras oraciones ya han sido escuchadas. Los pueblos indígenas del mundo comparten el recuerdo de esta oración en sus textos más sagrados y en sus tradiciones más antiguas. Ahora tenemos la oportunidad de atraer esta sabiduría a nuestras vidas en forma de oraciones de gratitud por lo que ya tenemos, en lugar de pedir para que nuestras oraciones sean escuchadas.

LA ORACIÓN DE DAVID

Estiré la mano por encima del hombro para alcanzar una botella de agua fresca de mi mochila. Eran sólo las once de la mañana y el alto sol del desierto ya había penetrado el grueso nailon, eliminando cualquier resquicio de frescor de la botella. Durante semanas nos habían estado avisando de que estaban prohibidas las fogatas y quemar basuras. Incluso lanzar un cigarrillo desde la ventana de un vehículo en marcha podía suponer una cuantiosa multa. Este era el tercer año de sequía en el desierto del sudoeste de Estados Unidos. Aunque era una época de climas extremos en todas partes, parecía que las montañas del norte de Nuevo México estaban especialmente afectadas. Las pistas de esquí no habían abierto ese año, y el río Grande se había reducido a un hilo antes de fusionarse con el río Rojo cerca de Questa.

Al coger la reblandecida botella de plástico para abrirla, se me derramó un poco de agua alrededor del tapón. Observé fascinado cómo el agua salpicaba el suelo. La superficie estaba tan reseca que las gotas se fusionaban formando un charquito antes de rodar al interior de una pequeña depresión cercana. Incluso dentro de ese hoyo superficial, no se difuminaron y absorbieron en la tierra. Para mi sorpresa, todo el charquito se evaporó en cuestión de segundos.

—La tierra tiene demasiada sed para beber —me dijo David suavemente desde detrás.

—¿Has visto antes una sequía como ésta? —le pregunté.

—Los ancianos dicen que hace más de cien años que las lluvias no nos dejaban durante tanto tiempo —respondió David— Esta es la razón por la que hemos venido a este lugar, para invocar a la lluvia.

Hacía años que conocía a David; de hecho, desde antes de trasladarme al elevado desierto del norte de Santa Fe. Los dos habíamos emprendido un viaje sagrado alejándonos de nuestros hogares, familias y seres queridos. Su gente llamaba a estos viajes la «búsqueda de la visión» Para mí suponía la oportunidad de escaparme de mis compromisos corporativos y estar en contacto con la tierra durante mi etapa periódica de reflexión sobre mi propósito y rumbo en la vida. A los cinco meses de habernos conocido, me fui a vivir a las montañas que había visitado para estar en soledad.

Aunque David y yo rara vez nos veíamos, cuando lo hacíamos era como si hubiéramos estado hablando el día anterior. Nunca había ninguna sensación de extrañeza o necesidad de disculparnos por nuestra falta de contacto. Los dos sabíamos que teníamos que dar prioridad a las cosas de nuestra vida que nos exigía nuestra atención. En ese momento estábamos juntos, compartiendo una tórrida mañana de verano en el desierto.

Tras un largo trago de mi botella caliente, me levanté y empecé a caminar hacia David. Él estaba a unos veinte pasos por delante. Le seguía por un camino invisible que sólo él podía ver. Nuestra marcha se hacía más rápida a medida que nos abríamos paso por densos matorrales de salvia y chamico que llegaban a la altura de las rodillas. Miré el suelo que tenía delante. Cada uno de mis pasos levantaba una pequeña nube de polvo que desaparecía en la tórrida y seca brisa. Detrás no quedaba ni rastro del camino que estábamos creando.

David sabía exactamente adónde íbamos; era un lugar conocido por su familia y antepasados durante muchas generaciones. Año tras año acudían a ese lugar en busca de la visión, para realizar sus ritos de paso, y en ocasiones especiales como hoy.

—Allí —dijo David. Miré hacia donde estaba apuntando. Tenía el mismo aspecto que los otros miles de hectáreas de salvia, junípero y pino que nos rodeaban en el valle.

-¿Dónde? —pregunté.

—Allí, donde cambia la tierra —respondió David.

Miré detenidamente, estudiando el paisaje. Revisé la parte superior de la vegetación, mis ojos buscaban irregularidades en el espacio y en el color. De pronto saltó a la vista, como una imagen oculta en uno de esos gráficos tridimensionales que disfrazan una imagen entre los puntos. Miré más de cerca y vi que las puntas de los arbustos de salvia tenían una distribución diferente. Al dirigirnos hacia la aparente anomalía, pude ver algo en el suelo, algo grande e inesperado. Me detuve para colocarme a la sombra que creaba mi propio cuerpo, y entonces pude ver una serie de piedras, hermosas y de todo tipo, organizadas para formar perfectas líneas y círculos geométricos. Cada piedra estaba exactamente situada, revelando la precisión con la que las antiguas manos las habían colocado cientos de años antes.

¿Qué es este lugar? —Le pregunté a David— ¿Por qué está aquí, en medio de la nada?

—Esta es la razón por la que hemos venido —Dijo riendo— por esto, lo que tú llamas «nada», es por lo que estamos aquí. Hoy sólo estamos tú y yo, la tierra, el cielo y nuestro Creador. Eso es todo. Aquí no hay nada más. Hoy nos pondremos en contacto con las fuerzas invisibles de este mundo; hablaremos con la Madre Tierra, con el Padre Cielo y con los mensajeros que están entre medio.

»Hoy rezaremos lluvia —dijo David.

Siempre me sorprende la rapidez con la que los viejos recuerdos pueden inundar el presente. Al igual que me sorprende lo pronto que se desvanecen. Al momento, mi mente buscó las imágenes de lo que esperaba que fuera a suceder a continuación. Recordé las escenas de oración que me eran familiares. Recordaba haber ido a los pueblos vecinos y ver a los nativos ataviados con prendas de su tierra. Recuerdo haberlos estudiado mientras se movían rítmicamente al son de los mazos de madera con los que percutían los tambores de cuero de alce tensado sobre marcos de pino. Sin embargo, ningún recuerdo de mi mente podía prepararme para lo que iba a presenciar.

—El círculo de piedra es una rueda de medicina —me explicó David— Que nosotros recordemos, siempre ha estado aquí. La rueda no tiene poder en sí misma. Sirve como objeto de concentración para invocar la oración. Puedes verlo como un mapa de carreteras.

Yo debía de haber puesto cara de perplejidad. Por lo que David se adelantó a mi pregunta y la respondió antes de que hubiera acabado de formularla en mi mente.

—Un mapa entre los seres humanos y las fuerzas de este mundo —dijo respondiendo a la pregunta que todavía no había formulado— El mapa fue creado aquí, porque en este lugar las pieles de ambos mundos son muy finas. Cuando yo era un niño me enseñaron el lenguaje de este mapa. Hoy recorreré un antiguo camino que conduce a otros mundos. Desde esos mundos, hablaré con las fuerzas de esta tierra, para hacer lo que hemos venido a hacer. Invitar a la lluvia.

Observé cómo David se sacaba los zapatos. Hasta la forma en que se desataba los lazos de sus viejas botas de trabajo era una oración, metódica, intencionada y sagrada. Con sus pies descalzos sobre la tierra, se dio la vuelta y se apartó de mí en dirección al círculo. Sin emitir sonido alguno recorría su camino alrededor de la rueda, con sumo cuidado para respetar la colocación de cada una de las piedras.

Con veneración hacia sus antepasados, colocó sus desnudos pies sobre la tierra agrietada. En cada paso, los dedos de sus pies se acercaban a menos de un centímetro de las piedras exteriores. Ni una sola vez las tocó. Cada piedra se quedó justa en el mismo sitio donde otras manos, de una generación hace mucho tiempo desaparecida, las habían colocado. Mientras circundaba el contorno más lejano del círculo, David se giró, permitiéndome ver su rostro. Para mi sorpresa, sus ojos estaban cerrados. Habían estado así todo el tiempo. ¡Estaba venerando una a una la posición de cada piedra blanca y redonda sintiéndolas mediante la posición de sus pies!

David regresó al lugar más cercano a mí y colocó sus manos en posición de oración delante de su cara. Su respiración era casi imperceptible. Parecía no enterarse del calor del sol del mediodía. Tras unos breves segundos en esta posición, respiró profundamente, relajó la postura y se giró hacia mí.

—Vámonos, aquí ya hemos terminado —dijo mirándome directamente.
—¿Ya? —pregunté un poco sorprendido. Parecía como si acabáramos de llegar— Pensé que íbamos a rezar para invocar a la lluvia.

David se sentó en el suelo para ponerse de nuevo los zapatos. Me miró y sonrió.
—No, yo te dije que «rezaría lluvia» —respondió— Si hubiera rezado para invocar a la lluvia, nunca podría suceder.

Por la tarde cambió el tiempo. La lluvia empezó de repente, con unos pocos sonidos sordos sobre la tierra que estaba en dirección a las montañas del este. En cuestión de minutos las gotas se fueron haciendo más grandes y más frecuentes, hasta que se declaró una tormenta con todas las de la ley. Enormes nubes negras cubrían el valle, oscureciendo las montañas de Colorado por el norte durante el resto de la tarde. El agua se acumulaba con tanta rapidez que la tierra no la podía absorber, y al cabo de poco tiempo empezaron los temores a las inundaciones. Miré los 18 kilómetros de salvia que había entre donde me encontraba yo y la cadena montañosa al este. El valle parecía un inmenso lago.

A última hora de la tarde, miré la previsión meteorológica de las estaciones locales. Aunque no estaba sorprendido, recuerdo haber sentido admiración mientras los mapas del tiempo coloreados parpadeaban en la pantalla. Las flechas animadas indicaban el típico patrón de aire frío y húmedo que descendía formando un ángulo desde la región Noroeste del Pacífico, atravesaba Utah y entraba en Colorado, como solía hacer en los meses de verano. Luego, inexplicablemente, la corriente cambió su curso e hizo algo excepcional.

Observaba, sorprendido, cómo la masa de aire se adentraba con precisión en el sur de Colorado y norte de Nuevo México antes de formar un cerrado bucle para cambiar de dirección y regresar al norte, reanudando su camino a través de la región Central. Con ese descenso se convertía en un frente de baja presión y aire frío que se mezclaría con el aire caliente y húmedo que ascendía del Golfo de México, la receta perfecta para la lluvia. Por las previsiones del tiempo, parecía que iba a llover y bastante. Llamé a David a la mañana siguiente.

— ¡Qué desastre! —Exclamé— Las carreteras han desaparecido. Las casas y los campos están inundados. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo explicas toda esta lluvia?
La voz al otro lado de la línea permaneció en silencio durante unos segundos.
—Ese es el problema —dijo David— ¡Esta es la parte de la oración que todavía no he comprendido!

A la mañana siguiente, la tierra ya estaba lo bastante húmeda para aceptar más agua. Me monté en el coche y atravesé varios Pueblos en dirección a la ciudad más cercana. La gente estaba extasiada contemplando la lluvia. Los niños jugaban en el barro. Los granjeros estaban en las ferreterías y tiendas de ultramarinos, ocupándose de sus negocios de ganadería y agricultura. Las cosechas habían sufrido un daño mínimo. El ganado tenía agua en sus estanques y parecía como si el norte de Nuevo México hubiera superado la tristeza de la sequía, al menos en lo que quedaba de verano.

GRATITUD: RESPIRAR LA VIDA EN NUESTRAS ORACIONES

La historia de David ilustra perfectamente el funcionamiento interno de un modo de oración olvidado por nuestra cultura hace casi dos mil años. Tras su breve ceremonia dentro del círculo de la medicina, David me había mirado y dicho simplemente:

«Vámonos, aquí ya hemos terminado nuestro trabajo». El resto del tiempo que estuve con David ese día, ahora tiene mucho más sentido e importancia.

Ya sé lo que significaba la respuesta de David «he venido a rezar lluvia». El resto de la historia quizá sea mejor contarla con sus propias palabras.

—Cuando era joven —dijo— nuestros mayores me transmitieron el secreto de la oración. El secreto es que cuando pedimos algo, estamos reconociendo que no lo tenemos. Seguir pidiendo sólo aumenta el poder de lo que nunca sucederá.

«El camino entre el ser humano y las fuerzas de este mundo empiezan en nuestro corazón. Es allí donde nuestro mundo de los sentimientos se une con el de nuestro pensamientos» En mi oración, empecé con un sentimiento de gratitud por todo lo que existe y por todo lo que ha sucedido. Di gracias al viento del desierto, al calor y a la sequía, pues hasta ahora así es como ha sido. No es bueno. No es malo. Ha sido nuestra medicina.

»Luego he escogido otra medicina. Empecé a sentir lluvia. Sentí la lluvia cayendo sobre mi cuerpo. De pie en el círculo de piedra, imaginé que estaba en la plaza de nuestro pueblo, descalzo bajo la lluvia. Sentí la sensación de la tierra húmeda que rezumaba entre los dedos de mis pies. Olí el olor de la lluvia en las paredes de paja y barro de las casas de nuestro pueblo después de las tormentas. Sentí la sensación de caminar por los campos de maíz que crecía hasta la altura de mi pecho debido a la generosidad de las lluvias. Los ancianos nos recuerdan que así es como elegimos nuestro camino en este mundo. Primero hemos de tener el sentimiento de lo que deseamos experimentar. Así es como plantamos las semillas para un nuevo camino. De ahí en adelante —prosiguió David— nuestra oración se convierte en una acción de gracias.

— ¿Gracias? ¿Quieres decir gracias por lo que hemos creado?

—No, no por lo que hemos creado —-respondió David— la creación ya esta completa. Nuestra oración se convierte en una oración de gracias por la oportunidad de elegir qué creación vamos a experimentar. Mediante nuestro agradecimiento, veneramos todas las posibilidades y atraemos a nuestro mundo aquellas que deseamos.

De este modo, con las palabras de su pueblo, David había compartido conmigo el secreto de entrar en comunión con las fuerzas de nuestro mundo y nuestros cuerpos. Aunque había escuchado y comprendido lo que me había dicho, sus palabras todavía son más significativas para mí hoy en día.

NUESTRO MÉTODO DE ORACIÓN OLVIDADO

Después de haber estado con David, volví a buscar en los textos, algunos antiguos, otros contemporáneos. Descubrí que muchos grupos, organizaciones y sistemas filosóficos hablaban de nuestro olvidado método de oración. Muchos continúan practicándolo, con técnicas que nos dicen «piensa como si tus oraciones ya se hubieran hecho realidad» o «como si tus oraciones vinieran del lugar donde se cumple la oración». No obstante, por más que he investigado estas tecnologías, casi siempre el elemento del sentimiento brillaba por su ausencia.

A mediados del siglo XX, un hombre conocido simplemente como Neville puso en la vanguardia del pensamiento contemporáneo el método olvidado de oración con su trabajo pionero sobre las leyes de causa y efecto. Nacido en Barbados, Antillas, Neville describió elocuentemente su filosofía de hacer realidad nuestros sueños mediante el sentimiento e invitamos a «hacer de [nuestro] futuro sueño un hecho en el presente, adoptando el sentimiento de [nuestro] deseo realizado».4 Además, Neville sugiere que es el amor por nuestro nuevo estado el que infunde poder para que su existencia se haga realidad. «A menos que tú mismo entres en la imagen y pienses desde ella, esta no puede nacer. »' Examinar una oración específica, como una oración por la paz, puede aportar un grado de concreción a estos conceptos a veces un tanto confusos.

Los condicionamientos reinantes en nuestras tradiciones occidentales han hecho que «pidiéramos» que la paz se produzca bajo determinadas circunstancias. Al pedir que haya paz, por ejemplo, estamos reconociendo inconscientemente el hecho de que no la hay, quizá hasta reforcemos lo que puede ser visto como un estado de violencia.

Desde la perspectiva de nuestro quinto modo de oración, se nos invita a crear paz en nuestro mundo mediante el pensamiento, el sentimiento y la emoción en nuestro cuerpo. Una vez que hemos creado en nuestra mente la imagen de nuestro deseo y hemos sentido que este se ha realizado en nuestro corazón, ¡Ya ha sucedido! Aunque el propósito de nuestra oración puede que, todavía no se haya materializado ante nuestros sentidos, suponemos que así es. El secreto del quinto modo de oración reside en reconocer que cuando sentimos, el efecto de nuestros sentimientos ya ha tenido lugar en alguna parte, en algún plano de nuestra existencia.

Nuestra oración se origina entonces desde una perspectiva muy distinta. En lugar de pedir que se produzca el resultado de nuestra oración, reconocemos nuestro papel como una parte activa de la creación y damos gracias por lo que estamos seguros de haber creado. Tanto si vemos los resultados inmediatamente como si no, reconocemos que en algún lugar de la creación nuestra oración ya ha sido escuchada. Ahora nuestra oración se convierte en una oración afirmativa de acción de gracias, que alimenta nuestra creación y permite que se desarrolle en su máximo potencial. A continuación expongo un resumen de nuestra oración por la paz, desde la perspectiva tradicional y desde la de nuestro método olvidado de oración.

Oración de petición

1.    Nos centramos en las condiciones donde creemos que no existe la paz.

2.    Pedimos la intervención de un gran poder para que cambie dichas condiciones.

3.    Al hacer la petición, puede que estemos reconociendo que la paz y que el cambio positivo todavía no existen en esos lugares.

4.    Continuamos pidiendo esta intervención hasta que vemos que se produce el cambio en nuestro mundo.

El quinto modo de oración

1.    Tomamos nota de todos los acontecimientos, los que vemos cuando no hay paz, sin juzgarlos como buenos, malos, justos o injustos.

2.    Mediante la tecnología del pensamiento, el sentimiento y la emoción creamos las condiciones desde nuestro interior que elegimos para tomar nota de nuestro mundo exterior. Por ejemplo: «Un cambio positivo en la Tierra, sanación para todo tipo de vida y paz en todos los mundos». Nuestro sentimiento de que ya es así da fuerza a nuestra oración y materializa ese fruto. Al hacerlo, hemos renovado el recuerdo de una posibilidad mejor. Reconocemos el poder de nuestra «tecnología interna» y damos por hecho que nuestra petición ya se ha cumplido; la paz y el cambio positivo ya están aquí.

Nuestra oración consiste ahora en:

a)    reconocer lo que hemos elegido,

b)    sentir que ya se ha cumplido,

c)    dar gracias por tener la oportunidad de elegir, y al hacerlo infundimos vida en nuestra elección.

Las últimas traducciones de los textos arameos originales ofrecen nuevas visiones de por qué las referencias a la oración han sido tan ambiguas en el pasado. Los manuscritos del siglo XII revelan el grado de las libertades que se tomaron para condensar la estructura de las frases y simplificar su significado. Quizás una de las referencias más evidentes, y al mismo tiempo, sutiles, sea una oración que se ha enseñado durante varias generaciones a los estudiantes de teología y a los alumnos del catecismo dominical.

Este fragmento de nuestro método de oración olvidado nos invita a «pedir» el beneficio de nuestra oración, como en nuestra conocida admonición «pedid y recibiréis». La comparación del texto arameo ampliado con la versión bíblica moderna de la oración nos ofrece poderosas revelaciones sobre las posibilidades de esta tecnología perdida.

La versión moderna condensada:

En verdad, en verdad os digo, que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Juan, 16,2324).

La versión original, vuelta a traducir del arameo:

Todo aquello que pidas directa y abiertamente... en mi nombre, te será concedido. Hasta ahora no lo has hecho. Pide sin un motivo oculto y serás rodeado por la respuesta. Déjate envolver por lo que deseas, que tu júbilo sea completo...'

A través de las palabras de otros tiempos, se nos invita a acoger nuestro olvidado método de oración como una conciencia que nosotros encarnamos, en lugar de una forma prescrita de acción que realizamos para tal efecto. Al invitarnos a estar «rodeados» por nuestra respuesta y «envueltos» por lo que deseamos, este antiguo pasaje hace hincapié en el poder de nuestros sentimientos. En nuestro lenguaje actual, esta elocuente frase nos recuerda que para crear nuestro mundo, en primer lugar hemos de tener los sentimientos de que nuestra creación ya se ha realizado. Nuestras oraciones se convierten entonces en una acción de gracias por lo que hemos creado, en lugar de ser peticiones de lo que queremos que suceda.

UNA NUEVA FE

No puedo decir a ciencia cierta que la oración de David tuviera algo que ver con las tormentas que se produjeron durante el tiempo que estuvimos juntos. Lo que sí puedo decir es que el tiempo en el norte de Nuevo México cambió ese día. Tras semanas de sequía, de cosechas perdidas y ganado deshidratado, en un día cambió el tiempo y llegaron lluvias torrenciales que dieron lugar a lluvias diarias que duraron hasta las heladas de otoño. Además, puedo decir que hubo una sincronicidad entre el inesperado cambio de tiempo y la experiencia que compartí con David. El tiempo que transcurrió entre los acontecimientos fue cuestión de horas. ¿Cómo podemos probar un hecho de tal magnitud e importancia?

Los habitantes de los pueblos de amerindios en la desierta región suroeste no necesitan pruebas; sin duda alguna, ellos saben que dentro de cada uno de nosotros se encuentra el poder para comunicarnos directamente con las fuerzas creadoras de este mundo y fuera de él. Lo hacen sin expectativas, sin juzgar el resultado de su comunión. Por ejemplo, si no hubieran venido las lluvias, David habría visto la ausencia de las mismas como una parte de su oración, en lugar de como una señal de fracaso. Su oración no ponía condiciones. No puso una fecha al resultado de su comunión con las fuerzas de la naturaleza.

David había compartido un momento divino con los poderes de la creación, había plantado la semilla sagrada de una posibilidad a través de su oración y había dado gracias por tener la oportunidad de elegir otro resultado. Su inquebrantable fe en que su oración había logrado algo es la clave para regresar a nuestra oración perdida.

En nuestro mundo moderno, con frecuencia esperamos una gratificación y una respuesta rápida. El tiempo de procesamiento de nuestros ordenadores, por ejemplo, supera en más de cincuenta veces la rapidez de los primeros microordenadores de principios de los ochenta. Entonces, pensábamos que eran rápidos. Esperar durante más de una fracción de segundo tras teclear nuestro comando en el teclado a veces nos provoca ansiedad por obtener una respuesta que hace sólo unos años suponía el último avance de la tecnología.

Los hornos microondas han reducido a la mitad el tiempo que se necesitaba para hervir el agua con la cocina de gas o eléctrica convencional. Ahora, esperamos con impaciencia a que el reloj digital marque los segundos que quedan para que hierva el agua. Ha habido una tendencia a ver los resultados de la oración del mismo modo. Si los resultados no son inmediatos, sentimos que no ha funcionado. Los antepasados eran más sabios.

Cuando David oraba lluvia, sabía a ciencia cierta que con su oración había invitado una nueva posibilidad. También sabía que su oración no era más que una posibilidad. Quizás el efecto no sería inmediato para nuestros ojos. Mientras él y yo estábamos de pie en el campo de salvia, en lo alto de los desiertos del norte de Nuevo México, el hecho de que no viéramos inmediatamente la lluvia no le afectó a David demasiado. Estaba seguro de su capacidad para elegir otro resultado y su confianza era algo natural para él.

La certeza de David de haber plantado la semilla de la posibilidad en alguna parte de las profundidades de la creación, nos conduce a replanteamos una palabra que puede que en los últimos tiempos haya perdido su significado. Esa palabra es fe. Aunque en The American Heritage College Dictionary la fe se define como «creencia que no se basa en pruebas lógicas o evidencias materiales», los antepasados y los pueblos indígenas de nuestros días aceptan una definición de la palabra mucho más amplia.

Su comprensión es tan válida hoy en día como lo fue en generaciones pasadas, cuando la fe era la clave para comunicarse con las fuerzas invisibles de nuestro mundo. Gracias a su maravillosamente integrada visión de nuestro papel en la creación, la fe se convierte en la aceptación de nuestro poder como fuerza directriz en la creación. Esta visión unificada es la que nos permite avanzar en la vida con la confianza de que a través de nuestras oraciones hemos plantado las semillas de nuevas posibilidades.

Nuestra fe nos permite reasegurarnos de que nuestras oraciones han sido escuchadas. Con esta conciencia, nuestros rezos se transforman en expresiones de gratitud que infunden vida a nuestras elecciones a medida que estas se manifiestan en el mundo.

Siete son los senderos
que cruzan el Huerto Infinito,
y cada uno deberá transitarse
con el cuerpo, el corazón y la mente cual uno…
EVANGELIO ESENIO DE LA PAZ